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Hace
algunos años, allá por la década de los ’60, solía
escucharse que los argentinos éramos como éramos,
por no haber sufrido los duros, graves y trágicos efectos
de una guerra. Esas expresiones tenían como germen nuestros
antepasados inmigrantes, que habían conocido en forma
directa y personal las consecuencias de una contienda bélica,
la devastación que produce y la hambruna que genera. Es
que, nosotros, un país potencialmente rico, con un gran
territorio sin poblar y con recursos naturales generosos,
habíamos descendido de aquellos míticos primeros puestos
entre los países del mundo y comenzábamos a sufrir los
efectos perniciosos de la inflación, de la inestabilidad
política y del despilfarro de los fondos públicos. En
realidad, estos tres fenómenos siempre van de la mano.
En
la década de los ’70 sufrimos la guerra: fraticida,
suicida, represiva y, por todo ello, sucia. Sin embargo,
poco aprendimos y nunca superamos definitivamente el
contexto de división que, precisamente, la había
provocado.
A
finales de esa década estuvimos al borde de tener otro
conflicto bélico con Chile, no menos fraticida que el
anterior, a pesar que negamos reconocernos como
latinoamericanos. Tampoco rescatamos enseñanzas de esa
irracionalidad.
Por
esa falta de capacidad para aprender de nuestros propios
errores -que ya no es posible justificar con “mala
memoria”-, nos embarcamos en la Guerra por Malvinas.
Privilegiamos nuestros derechos a la soberanía, por sobre
la autodeterminación de personas que habitaban el archipiélago
y que en modo alguno querían ser gobernados por nuestros
gobiernos. Nos lanzamos a la (re)conquista de las islas, sin
medir que nos enfrentábamos a una de las primeras potencias
mundiales, cuyo histórico (y sanguíneo) aliado era,
justamente, la más poderosa de las naciones. Sentimos y creímos
que nuestros héroes (auténticos patriotas) del aire podrían
vencer a los “piratas ingleses”. En el continente, las
muestras de apoyo se materializaban en “colectas” de
alimentos y frazadas que tuvieron inciertos destinos. En lo
demás, nuestra vida cotidiana (salvo aquéllos que tenían
familiares directamente involucrados en el conflicto) fue prácticamente
normal. Nuevamente perdimos la oportunidad de aprender, pero
al menos recuperamos la democracia y pensamos que con ella
se comía, se educaba, etc.
Esa
primera experiencia culminó antes del término
constitucional, sin comida, sin educación y con
hiperinflación.
Para
salir de la crisis coyuntural y de la emergencia (palabras
estas que recurrentemente están obligados a utilizar
nuestros gobernantes desde hace varios años), primero se
confiscaron los depósitos bancarios y luego hicimos
alquimia: logramos otorgar a nuestra moneda (la de un país
emergente) el mismo valor que la de la primera economía
mundial. La hicimos tan bien (a la alquimia), que el
rendimiento de los intereses por obligaciones dinerarias en
Dólares Estadounidenses llegó a ser casi diez veces
superior al que se obtenía en el país de origen.
Y
cuando el mundo había dejado atrás al liberalismo, e
incluso al neoliberalismo, nosotros lo abrazamos e
inventamos la versión vernácula del mismo, con resultados
y consecuencias paradójicas e inverosímiles: mientras vendíamos
(privatizábamos) nuestras principales empresas estatales
-que jamás fuimos capaces de hacer rentables- paralelamente
nos endeudábamos. Todo ello para “solventar” la
democracia y nunca para afianzar la República.
Privilegiamos los actos electorales, en desmedro de la
eficiencia y ética de la gestión en los elegidos,
generando a partir de allí un gasto público que pagábamos
con dinero prestado. Pudimos creer, durante un tiempo, que
estábamos en el primer mundo. Pero era también una ilusión
y el corral para los depósitos volvió, parcialmente
amparado por jueces que, inmersos en una agonal lucha política,
se estaban protegiendo de los embates de ejecutores y
legisladores.
Hoy
ya no hay conflictos bélicos; ni tenemos la dignidad de
respetar en su día a quienes ofrecieron su vida en las
guerras pasadas, pues cambiamos los aniversarios en aras del
turismo.
Hoy
la democracia se ha devorado a la República. Ninguno de los
Poderes de nuestra Constitución Formal goza de legitimación,
aún cuando pueda mantener una legalidad endeble. Ya no
votamos a nuestros representantes: decidimos quiénes nos
gobernarán (o dejarán de hacerlo) al sonar de cacerolas,
asambleas barriales, acuerdos entre políticos que, paradójicamente,
son los mismos que nos condujeron a este patético escenario
que no es tal, pues no hay actores sino personas reales.
Ninguna
persona o grupo particular de personas es responsable
exclusivo de este desmadre. Ninguna persona o grupo
particular de personas puede por sí reencauzarnos. Parece
no haber camino o cauce, pues estamos en caída libre y ya
nadie puede (ni quiere) ayudarnos.
Nuestra
historia se parece al cuento de aquel viejito que vivía una
zona rural que se inundó y los vecinos le ofrecieron
llevarlo en sus vehículos, antes que se agraven los efectos
de la inundación. El viejito respondió que esperaba la
ayuda de Dios. El nivel del agua siguió creciendo y tuvo
que subirse a los muebles. Otros vecinos ofrecieron llevarlo
en un bote, pero él mantuvo su convicción en que Dios lo
ayudaría. La inundación continuó y debió ir al techo del
rancho, de donde pretendieron rescatarlo unos gendarmes con
una lancha. Sin embargo, fiel a sus creencias, el viejito
dijo que estaba esperando la ayuda de Dios. El implacable
avance de las aguas terminó por sumergir todo el rancho y
el viejito murió ahogado. Ya en el Cielo y frente a Dios,
le reclamó por la falta de ayuda pese a su demostración de
Fé inquebrantable. Y Dios le dijo: te mandé a tus vecinos
y no aceptaste ayuda; te mandé a otros vecinos en un bote y
tampoco acogiste la ayuda. Finalmente te mandé un lancha y
una vez más renegaste de la ayuda ....
Es
un cuento y por ello contiene matices de ficción; salvo
para nosotros, puesto que el Presidente (al menos el que teníamos
cuando esto se escribe) tiene como plan alternativo
encomendarnos a “lo que Dios quiera ...”
Es
que ya no tenemos a quién echar nuestras culpas y, si
aquella guerra invocada como aprendizaje por nuestros
antepasados inmigrantes llega, provocando sus efectos,
diremos que fue culpa de Dios que nos abandonó.
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