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   EDICION CORDOBA - SUPLEMENTO PENAL - Editoriales   
   

LA CULPA ES DE DIOS.

Por Gustavo D. Martinez Urrutibéhèty.

 

 

 

Hace algunos años, allá por la década de los ’60, solía escucharse que los argentinos éramos como éramos, por no haber sufrido los duros, graves y trágicos efectos de una guerra. Esas expresiones tenían como germen nuestros antepasados inmigrantes, que habían conocido en forma directa y personal las consecuencias de una contienda bélica, la devastación que produce y la hambruna que genera. Es que, nosotros, un país potencialmente rico, con un gran territorio sin poblar y con recursos naturales generosos, habíamos descendido de aquellos míticos primeros puestos entre los países del mundo y comenzábamos a sufrir los efectos perniciosos de la inflación, de la inestabilidad política y del despilfarro de los fondos públicos. En realidad, estos tres fenómenos siempre van de la mano.

En la década de los ’70 sufrimos la guerra: fraticida, suicida, represiva y, por todo ello, sucia. Sin embargo, poco aprendimos y nunca superamos definitivamente el contexto de división que, precisamente, la había provocado.

A finales de esa década estuvimos al borde de tener otro conflicto bélico con Chile, no menos fraticida que el anterior, a pesar que negamos reconocernos como latinoamericanos. Tampoco rescatamos enseñanzas de esa irracionalidad.

Por esa falta de capacidad para aprender de nuestros propios errores -que ya no es posible justificar con “mala memoria”-, nos embarcamos en la Guerra por Malvinas. Privilegiamos nuestros derechos a la soberanía, por sobre la autodeterminación de personas que habitaban el archipiélago y que en modo alguno querían ser gobernados por nuestros gobiernos. Nos lanzamos a la (re)conquista de las islas, sin medir que nos enfrentábamos a una de las primeras potencias mundiales, cuyo histórico (y sanguíneo) aliado era, justamente, la más poderosa de las naciones. Sentimos y creímos que nuestros héroes (auténticos patriotas) del aire podrían vencer a los “piratas ingleses”. En el continente, las muestras de apoyo se materializaban en “colectas” de alimentos y frazadas que tuvieron inciertos destinos. En lo demás, nuestra vida cotidiana (salvo aquéllos que tenían familiares directamente involucrados en el conflicto) fue prácticamente normal. Nuevamente perdimos la oportunidad de aprender, pero al menos recuperamos la democracia y pensamos que con ella se comía, se educaba, etc.

Esa primera experiencia culminó antes del término constitucional, sin comida, sin educación y con hiperinflación.

Para salir de la crisis coyuntural y de la emergencia (palabras estas que recurrentemente están obligados a utilizar nuestros gobernantes desde hace varios años), primero se confiscaron los depósitos bancarios y luego hicimos alquimia: logramos otorgar a nuestra moneda (la de un país emergente) el mismo valor que la de la primera economía mundial. La hicimos tan bien (a la alquimia), que el rendimiento de los intereses por obligaciones dinerarias en Dólares Estadounidenses llegó a ser casi diez veces superior al que se obtenía en el país de origen.

Y cuando el mundo había dejado atrás al liberalismo, e incluso al neoliberalismo, nosotros lo abrazamos e inventamos la versión vernácula del mismo, con resultados y consecuencias paradójicas e inverosímiles: mientras vendíamos (privatizábamos) nuestras principales empresas estatales -que jamás fuimos capaces de hacer rentables- paralelamente nos endeudábamos. Todo ello para “solventar” la democracia y nunca para afianzar la República. Privilegiamos los actos electorales, en desmedro de la eficiencia y ética de la gestión en los elegidos, generando a partir de allí un gasto público que pagábamos con dinero prestado. Pudimos creer, durante un tiempo, que estábamos en el primer mundo. Pero era también una ilusión y el corral para los depósitos volvió, parcialmente amparado por jueces que, inmersos en una agonal lucha política, se estaban protegiendo de los embates de ejecutores y legisladores.

Hoy ya no hay conflictos bélicos; ni tenemos la dignidad de respetar en su día a quienes ofrecieron su vida en las guerras pasadas, pues cambiamos los aniversarios en aras del turismo.

Hoy la democracia se ha devorado a la República. Ninguno de los Poderes de nuestra Constitución Formal goza de legitimación, aún cuando pueda mantener una legalidad endeble. Ya no votamos a nuestros representantes: decidimos quiénes nos gobernarán (o dejarán de hacerlo) al sonar de cacerolas, asambleas barriales, acuerdos entre políticos que, paradójicamente, son los mismos que nos condujeron a este patético escenario que no es tal, pues no hay actores sino personas reales.

Ninguna persona o grupo particular de personas es responsable exclusivo de este desmadre. Ninguna persona o grupo particular de personas puede por sí reencauzarnos. Parece no haber camino o cauce, pues estamos en caída libre y ya nadie puede (ni quiere) ayudarnos.

Nuestra historia se parece al cuento de aquel viejito que vivía una zona rural que se inundó y los vecinos le ofrecieron llevarlo en sus vehículos, antes que se agraven los efectos de la inundación. El viejito respondió que esperaba la ayuda de Dios. El nivel del agua siguió creciendo y tuvo que subirse a los muebles. Otros vecinos ofrecieron llevarlo en un bote, pero él mantuvo su convicción en que Dios lo ayudaría. La inundación continuó y debió ir al techo del rancho, de donde pretendieron rescatarlo unos gendarmes con una lancha. Sin embargo, fiel a sus creencias, el viejito dijo que estaba esperando la ayuda de Dios. El implacable avance de las aguas terminó por sumergir todo el rancho y el viejito murió ahogado. Ya en el Cielo y frente a Dios, le reclamó por la falta de ayuda pese a su demostración de Fé inquebrantable. Y Dios le dijo: te mandé a tus vecinos y no aceptaste ayuda; te mandé a otros vecinos en un bote y tampoco acogiste la ayuda. Finalmente te mandé un lancha y una vez más renegaste de la ayuda ....

Es un cuento y por ello contiene matices de ficción; salvo para nosotros, puesto que el Presidente (al menos el que teníamos cuando esto se escribe) tiene como plan alternativo encomendarnos a “lo que Dios quiera ...”

Es que ya no tenemos a quién echar nuestras culpas y, si aquella guerra invocada como aprendizaje por nuestros antepasados inmigrantes llega, provocando sus efectos, diremos que fue culpa de Dios que nos abandonó.



· Abogado. Docente universitario (UCC y UCES).



 

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